En los tiempos antiguos, en el reino de los cielos y la tierra,
Khien brillaba con toda su fuerza en el firmamento. Era un símbolo de la luz
activa, la conciencia pura y la inteligencia suprema que habitaba en la
naturaleza misma. En la tierra, el dragón, criatura solar por excelencia, se
movía con la majestuosidad de un rey, recordándonos la presencia constante del
principio celeste que generaba la lluvia y aseguraba la fecundidad de la
tierra.
En el solsticio de verano, cuando la luz alcanzaba su máxima
expresión, los seres humanos miraban al cielo y contemplaban Khien. Sabían que
era un momento propicio para reflexionar sobre la naturaleza y el mundo que los
rodeaba. Ellos también eran seres activos, conscientes y dotados de una
inteligencia que podía transformar la realidad.
En una de esas noches estivales, un joven campesino se
encontraba sentado a la orilla de un río, contemplando la luz de las estrellas
que se reflejaban en el agua cristalina. De repente, escuchó un rugido distante
y se sobresaltó. Al voltear, vio que un dragón de escamas doradas se acercaba a
él con lentitud. Al principio, el joven tuvo miedo, pero pronto comprendió que
el dragón no era un enemigo, sino un mensajero que venía a enseñarle algo.
El dragón le habló con una voz profunda y serena: "Soy
un portador de la luz activa, la conciencia pura y la inteligencia suprema.
Estas son las mismas cualidades que habitan en ti, joven campesino. Utilízalas
para transformar el mundo que te rodea, tal como yo lo hago con la lluvia que
riego los campos".
El joven comprendió que el dragón le había dado un gran
regalo: la sabiduría para transformar su propia vida y la de aquellos que lo
rodeaban. A partir de ese momento, se convirtió en un hombre activo, consciente
e inteligente que trabajaba para el bienestar de su comunidad.
Khien, con su luz activa y su poder transformador, se
convirtió en una guía para el joven campesino y para muchos otros que siguieron
sus pasos. Así, el principio celeste que generaba la lluvia y aseguraba la
fecundidad de la tierra se manifestaba también en la vida de los seres humanos,
a través de su propia capacidad de transformación.
Y así, en cada solsticio de verano, Khien brillaba con toda
su fuerza en el firmamento, recordando a todos los seres vivos que la luz
activa, la conciencia pura y la inteligencia suprema estaban presentes en la
naturaleza y en cada uno de ellos, listas para ser utilizadas en la búsqueda
del bienestar y la transformación del mundo.
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